Terminó Bafweek, la semana de la moda argentina. Fueron cuatro días de desfiles de diseñadores ya consagrados, otros emergentes y marcas reconocidas. Pero sobre todo, fueron jornadas de intensos cuchicheos y chismes.
Uno supondría que el motivo principal de asistir a tal evento sería el de ver las nuevas colecciones que los diseñadores proponen, pero me atrevo a decir que el peso de 'estar al día' es más fuerte que analizar (si es que una colección se puede analizar) e identificar las características que cada marca muestra.
Soy nueva en este rubro, hace apenas tres años que me dedico al mundillo de la moda y aprendo mucho de cada ocasión que se me presenta. Me considero una mujer curiosa que aprovecha cada oportunidad y que rescata siempre algo positivo. Espero nunca correrme de este camino.
Lo que sucede en Bafweek es un fenómeno digno de ser estudiado por sociólogos: grupitos de mujeres y hombres que no se despegan y se mueven como si fuesen uno, miradas fulminantes entre personas que no se bancan (vaya a saber por qué), la lucha por estar en primera fila (todos queremos ver de cerca los defiles, además del peso 'social' que significa la front row), corridas para conseguir un precinto que te habilite a estar en un cóctel, risas maliciosas y secretos en público.
Me llaman poderosamente la atención las personas que están convencidas de que la crítica malintencionada es una plataforma de crecimiento personal. ¿Puede uno progresar si está mirando constantemente lo que hace o deja de hacer el otro? Estoy convencida que no.
Con el tiempo me doy cuenta de que el mundo de los comunicadores de moda es cruel y despiadado. Unos se creen mejores que otros y se suben a un pedestal imaginario desde el que miran con desdén a todos los que están debajo. Distinguen entre blogueros y periodistas como si la mirada amateur no fuese tan aguda como la del profesional.
Reconozco que hay blogueros o periodistas especializados en moda que me gustan más que otros, pero no por eso voy a descalificar públicamente el trabajo de los que no me gustan. Puedo no estar de acuerdo con lo que hacen y sería una mirada válida, pero nunca marcaré los puntos débiles ajenos como escalón para ser mejor en mi trabajo.
¿Existen personas más calificadas que otras? Probablemente, pero no es motivo para que la crítica no constructiva sea el camino a elegir para progresar profesionalmente. Nadie tiene la verdad absoluta: hay tantas verdades como puntos de vista. Creo que el principal problema de muchos es que se toman demasiado en serio a sí mismos.
Todas las miradas valen. El secreto del éxito, creo, reside en encauzar la energía positiva en lo que uno hace. Algo así como vivir y dejar vivir. No parece tan difícil, ¿no?
lunes, 12 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
Más que palabras II: Louise Dahl-Wolfe
Si son retratos en blanco y negro de estrellas de Hollywood o personalidades de la alta sociedad, sin dudas se trata de Cecil Beaton. Si son fotos que capturan a personas en movimiento o primeros planos, es Richard Avedon. Si son mujeres desnudas en poses más que sensuales, se trata de Helmut Newton.Y si se trata de fotos de mujeres ultra chic con un toque de sentido del humor, es Louise Dahl-Wolfe.
Siento una admiración particular por la fotógrafa estadounidense. No sólo sus fotografías me generan una instantánea sensación de placer, sino que también valoro el coraje de haber sido mujer en los '30 y aún así, haber encontrado la manera de triunfar profesionalmente. No debe haber sido nada fácil. Las mujeres que Louise fotografía son viajeras, independientes y poderosas, cualidades que la mayoría de ellas no poseían por los años '40 y '50.
Louise fue amiga de la editora de Harper's Bazaar, Diana Vreeland y durante los años que allí trabajó, Dahl-Wolfe hizo 85 portadas para la revista y más de 600 fotos. Es considerada una de las fotógrafas más importantes de la historia de la moda y su influencia es tan grande, que en 1999 estrenaron un documental dirigido por Tom Neff que describe su vida y obra.
Definir es limitar, dijo alguna vez una amiga y me gustó. Pero las definiciones también ordenan, clasifican. Si tuviese que definir el trabajo de Louise Dahl-Wolfe, diría que es único por el toque de humor que tienen sus fotos. De más está referirse al extraordinario uso de la luz: con ella pinta, modifica y controla las formas.
Las palabras ya están comenzando a estorbar. Les dejo mis fotos preferidas de esta genial fotógrafa.
Louise Dahl-Wolfe en acción: la luz era su gran aliada
lunes, 5 de agosto de 2013
#BAFen140: Entrevista a Andrea Urquizu, diseñadora que por primera vez mostrará su colección en Bafweek
Pensé que ni siquiera me atendería el teléfono. Lo más lógico es suponer que un día antes de su primer desfile en Bafweek, la diseñadora Andrea Urquizu estuviese histérica, ultimando detalles para que todo salga perfecto. Marco su número con un leve sentimiento de resignación. Para mi sorpresa, atiende: por el color de su voz se la nota distendida, emocionada por el gran paso profesional que dará mañana a las 16.
"Estoy nerviosa, pero está buenísimo haber entrado por el concurso del CMD y que mi colección haya sido curada por personas grosas. Para mí es super halagador que me hayan elegido", resume. Hace apenas dos años que Andrea lleva adelante AU, las siglas con la que decidió presentar su línea de indumentaria. Recién este año - hace tres meses - se montó su estudio en la Avenida Dorrego. A pesar de su corta carrera, ella es uno de los cinco diseñadores elegidos que mostrarán mañana sus colecciones primavera-verano.
¿Cómo creés que va a impactar Bafweek en tu vida?
Ya está impactando. Me llamaron de muchos lados. Estoy teniendo mucha difusión, la gente está conociendo mi trabajo. No sólo a nivel nacional, sino que también me contactaron de países extranjeros. La experiencia es re linda, todos me dicen que intente disfrutarla. Los primeros días fue imposible, pero ahora que está todo encausado sí lo estoy disfrutando. Sería imposible a acceder a todo esto sin la ayuda del CMD y de la organización de Bafweek. Nos dan el mismo tratamiento que le dan a las grandes marcas sin tener toda esa estructura. La exigencia es la misma y está buenísimo porque el nivel es altísimo y uno siempre quiso llegar hasta él, pero sola no se puede. Es un voto de confianza.
¿Cómo fue el concurso del CMD?
Teníamos que presentar una colección dibujada de 15 conjuntos. Después teníamos que presentar 6 conjuntos materializados y un lookbook. Ellos sólo ven 6 conjuntos, pero ahora en Bafweek voy a presentar 22. Es la colección más grande que hice, porque lo máximo fueron 16 conjuntos. El peso de la colección que presentaré mañana es otro, me digo que ninguna prenda puede estar más o menos, todas tienen que estar impecables.
Tu línea tiene una impronta rockera muy marcada, ¿de dónde viene? ¿Has vestido a rockeros?
La impronta rockera viene porque yo ya vengo trabajando con bandas de rock. Lo vestí a Emmanuel Horvilleur para su último disco solista y ahora estoy haciendo la ropa de los músicos de Mariana Baraj, a ella la viste Churba. Además, mi contexto es muy musical. Mi marido es músico, mis amigos son músicos también, siempre me gustó la música y por eso salió naturalmente. Lo que hago con todas las colecciones es elegir temas relacionados con lo musical para reforzar la idea.
¿Sacrificarías tu impronta de diseño de autor por cantidad de prendas?
No, la verdad es que cantidad no me gusta hacer. Si bien hay vestidos que sí se pueden hacer en cantidad, no me gustaría llenar el mercado de todos vestidos iguales. Mi plan es hacer, como mucho, cinco vestidos de cada modelo. De algunos sólo tengo una sola pieza o dos, cuando se venden, hago otra cosa. No está bueno encontrarte con alguien que tenga tu propio vestido.
¿Usás tu propia ropa?
Sí, la mayoría de lo que uso es diseñado por mí. Me pasa algo muy loco: cuando me compro ropa de otros diseñadores, elijo las prendas que yo haría.
Parte de la colección de AU
#BAFen140
Mañana comienza Bafweek y con ella llegan oportunidades para hacer algo nuevo y productivo. Con el propósito de no caer en la marea de comentarios tuiteros parecidos entre sí, es que nace una movida virtual junto a Lorena Pérez (@blocdemoda), periodista y creadora de BlocdeModa y Celeste Nasimbera (@SrtaCele), coordinadora de contenidos de la revista 90+10.
La idea original es de Celeste, que amablemente nos incluyó a Lorena y a mí en un proyecto que - esperamos - sea constructivo. El objetivo es generar un intercambio de ideas entre todos los que quieran participar bajo el hashtag identificatorio #BAFen140. Puede ser comentando, no estando de acuerdo con lo que decimos, apoyando una idea o como se les ocurra. Lo que prima detrás de este proyecto es la buena onda y las ganas de generar un ida y vuelta.
El gusto personal queda afuera de cualquier juicio de valor sobre las colecciones que se mostrarán. No soy quién para decir qué es lindo y qué no, sino que como periodista tengo el deber de comunicar lo que sucede desde un punto de vista en particular. Ustedes que me leen son parte fundamental de mi trabajo, porque sin lectores, no hay periodistas.
Por eso es que me emociona este proyecto colectivo: me interesa saber qué piensan, cuáles son sus opiniones. Todas las miradas suman. Ojalá tengan ganas de interactuar con nosotras.
Participen bajo el hashtag #BAFen140: sus lecturas personales ayudarán a crear un interesante intercambio de ideas.
sábado, 3 de agosto de 2013
La influencia de las ex novias
Sábado, 13 horas. Después de desayunar en la cama y hacer fiaca, me levanto, prendo la computadora y entro a Facebook, como hago siempre. Veo que Maricruz Luzar comparte una nota que salió en La Nación: el artículo habla de la tendencia (ninguna novedad en mi opinión) de los pantalones masculinos de colores. La foto que ilustra la nota muestra a cuatro hombres posando relajados con jeans que escapan de la paleta tradicional.
"Qué parecido a mi ex, Esteban", pienso de uno de los chicos. La forma de sus piernas, la posición en la que está parado. Entro a la nota y exploté de la risa: allí estaba él sonriendo con sus pantalones verdes y una camisa de jean que se compró siguiendo mi consejo. Y esos borcegos, olvidados en su placard, fueron rescatados también por mi insistencia.
No salgo de mi asombro. Comienzo a leer la nota apurada, me salteo oraciones enteras, quiero enterarme ya qué es lo que dice. "Las razones para ponérselos (a los pantalones coloridos) varían según cada uno. Para Esteban Domené fue influencia de una ex novia (hello!) y gusto propio, que derivó en esas primeras bermudas coloradas (rojas, por dios) que compró en Nueva York", dice la nota escrita por Fernando Massa.
Me pongo a pensar en la influencia que una tiene en el modo de vestir de sus parejas. Es una influencia no premeditada que inevitablemente sucede, al menos en mi caso. Puede perdurar, como en este caso, o ser pasajera. Aún recuerdo cuando trataba de convencerlo de que se animara a usar unas bermudas verdes. Se animó, como también lo hizo a los chupines - de colores ahora veo - y a los accesorios (pañuelos, pulseras de cuero).
Algunas personas que pasan por nuestras vidas dejan huellas, otras son viajeros que no nos modifican en nada. Para una chica a la que le gusta la moda, opinar sobre el estilo ajeno y tratar de pulirlo es algo que sale naturalmente. El cambio es paulatino pero sostenido, y a veces el otro hasta descubre que estuvo equivocado todos los años anteriores. De repente se siente más cómodo consigo mismo cuando los cambios suceden y ese es el momento en el que te das cuenta que no estabas equivocada.
Aunque la relación haya terminado en malos términos - estoy convencida de que me odia -, me alegra saber que en algo lo ayudé. Su pareja actual debe estar disfrutando de los cambios.
Los hombres argentinos son muy tradicionales para vestirse, por eso no me extraña que se sorprendan de aquellos que osan ir contra lo establecido y se animan a los chupines de colores. Los comentarios de la nota de La Nación son de una ignorancia que asusta: juzgan la sexualidad de los entrevistados por su elección de vestuario.
miércoles, 31 de julio de 2013
Más que palabras
"Esta es una cultura que crea espectadores más que lectores. No creo que la imagen y la palabra sean la misma cosa, no creo que tengan la misma función. La imagen entretiene mucho, es a veces más intensa que la palabra, pero muchísimo más efímera y no estimula el esfuerzo intelectual. (...) La pura imagen afecta muy intensamente a la emotividad, los sentimientos, los instintos, pero no la razón, tiende más bien a embotarla. Como espectador recibes algo, como lector tienes que actuar, salir al frente de lo que lees para transformarlo en razones, en ideas, en sentimientos o emociones".
Estas palabras pertenecen al escritor peruano Mario Vargas Llosa (Revista Ñ) y estoy totalmente de acuerdo con lo que significan. Sí, estamos bombardeados por imágenes todo el tiempo: en la televisión, revistas, páginas web. Sí, cada vez se lee menos.
Por eso, cuando Quintaesencia nace, pensé que debía ser un blog de escritura. Son pocos los blogs de moda que ofrecen el desarrollo de una idea en cada post, y eso es lo que intento hacer: pensar la moda desde las palabras sin depender de las imágenes. Además, como bien dice Vargas Llosa, el acto de la lectura es activo: ustedes participan activamente porque tienen que transformar mis palabras en ideas o sentimientos. Pueden estar de acuerdo con lo que digo o no, pero es necesaria su participación. Me gusta ese ida y vuelta.
Que no se me malinterprete: no estoy menospreciando a la imagen. Sin lugar a dudas, las imágenes son parte fundamental del mundo de la moda, pero personalmente, las palabras me reciben mejor, me hacen sentir más cómoda. Reconozco que hay sensaciones que sólo una buena imagen puede generar. "La imagen afecta muy intensamente a la emotividad, los sentimientos", dice Vargas Llosa. Me gusta esa idea: por diferentes razones, existen imágenes indelebles en la memoria de cada uno.
Decidí que una vez por semana postearé fotos que me representen de alguna manera o me hagan sentir algo. Acompañaré cada imagen con una explicación para que sepan el por qué detrás de las elecciones. Le doy la bienvenida a las imágenes.
Las flores son el regalo ideal en cualquier momento del año. Me hacen sentir querida, feliz.
Exaltan mi feminidad.
Audrey Hepburn fotografiada por Cecil Beaton en 1964. No puedo dejar de desear ese cuello: para olerlo, para tenerlo. Siempre pienso que Audrey debería oler a rosas.
El estilo no tiene edad. Siempre me pregunto cómo me veré cuando sea viejita. Ojalá sea algo parecido a esto. La quiero abrazar fuerte y acompañarla a hacer las compras.
Un libro cuyo reflejo forma una boca. Linda metáfora: los libros nos besan, nos empalagan e inevitablemente, terminan.
lunes, 29 de julio de 2013
¿Para quién nos vestimos las mujeres?
Cuando todas las mañanas elegimos lo que usaremos a lo largo del día, ¿tenemos a alguien en mente, alguien a quien queramos impresionar o, al menos, gustar? Yo diría que sí. Se me complica especificar a quién queremos gustar, probablemente a la mayoría de las personas, pero no sé si a alguien en particular.
La ropa es como un escudo que proyecta una imagen de nosotras. A veces esa imagen dice "chica cool, relajada", otras "joven profesional capacitada" y también puede gritar "hoy quiero guerra". Dependiendo del día, de nuestras actividades, elegiremos el escudo que mejor se adapte a la situación.
Obviamente, no soy la primera que se cuestiona sobre este punto: todas las preguntas ya están hechas, hasta las más tontas. Investigando en la web encontré un artículo en el que se agrupaban las opiniones de entendidos de la moda sobre esta inquietud.
Carine Roitfeld aseguró que ella se vestía para ella ("Cuando te sentís bien con vos misma, te sentís bien con todos"). El fotógrafo Nigel Barker estuvo de acuerdo con la visión de la editora de Vogue Francia, pero Agatha Ruiz de la Prada dijo que en España, las mujeres se visten para los hombres. La diseñadora cubana Isabel Toledo, por su parte, expresó que ella se viste para sí misma, pero que también busca la reacción de su marido, más no su aprobación. La única que considera que las mujeres se visten para otras mujeres es Anne Hathaway, que aseguró que nos vestimos para gustar a nuestras amigas fashionistas.
Si esa pregunta me la hubiesen hecho a mí, de repente, sin tiempo para meditar, hubiese contestado que me visto para mí. Es la típica respuesta de una mujer independiente y autosuficiente. Pero si lo pienso, es mentira. Y no tanto. Las incoherencias son parte fundamental de la coherencia de una persona.
Cuando trabajo desde casa y sé que estoy protegida de las miradas ajenas, elijo mi ropa de entrecasa. Todas tenemos uno: el mío consta de zapatillas de correr, pantalón holgado de gimnasia y un sweater rosa tejido por mi madre. Estéticamente es un horror, pero como cuento con el poder de la invisibilidad, me siento cómoda. Así que no, no me visto para mí. O al menos no exclusivamente. Si así fuese, estaría de tacos y vestido vaporoso haciéndome mates en mi casa.
Supongo que diferentes mujeres se visten para diferentes personas. Estará aquella que quiere volver locos a los hombres y se ajusta de pies a cabeza, también estará la que se tira todas las tendencias juntas para que las 'entendidas' le presten atención y seguramente exista la mujer que se viste sólo y exclusivamente para sí misma.
Yo no sé para quién me visto, o mejor dicho, estoy convencida que no siempre es para una misma persona. Si salgo a cenar con mi novio, me vestiré para él. Si voy a trabajar o a una reunión laboral, me vestiré para proyectar una imagen profesional. Si voy a un desfile de algún diseñador, me vestiré para todas esas personas que sé estarán allí, mirando.
Lo importante, creo, es poder ver reflejada en la otra persona la imagen que intentamos proyectar. Y que te sientas cómoda, claro.
¿Qué ves cuando me ves?
miércoles, 24 de julio de 2013
"Estoy mirando, gracias".
Qué tema el de las chicas que atienden en los locales de ropa. Si entramos y no nos miran siquiera, un revoleo de ojos al menos, nos ofendemos. ¿Cómo puede ser que no nos den la bienvenida? Un 'hola, qué tal' bastaría. Si nos atosigan con la típica y trillada pregunta: ¿Te ayudo?, también nos molesta. Qué dilema.
Personalmente, prefiero siempre que me den la bienvenida y que me dejen tranquila. ¿Falta aclarar que si entro a una tienda es porque quiero ver lo que ofrece? Porque necesitar, lo que se dice necesitar (según la RAE, aquello a lo cual es imposible sustraerse/ carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida), no me pasa. Tengo suficiente ropa como para vestir a un regimiento de chicas huérfanas.
Como ya dije en un post anterior, el acto de ir a comprar ropa es una actividad que para ser disfrutada, debe cumplir ciertos requisitos. Uno de ellos es, para mí, que las chicas que atienden no sean invasivas. Que nos miren, que estén atentas por si nosotras decidimos indagar sobre los talles, los colores, las estampas, pero nada más que eso.
Ay, cuando te quieren convencer de que te lleves ese sweater con estampa de bulldog francés porque 'se lo llevan todas'. Si supieran que es lo peor que nos pueden decir. Inmediatamente, esa prenda volverá al perchero, ¿para qué quiero algo que lo tiene todo el mundo?
Ay, cuando te quieren convencer de que te lleves ese sweater con estampa de bulldog francés porque 'se lo llevan todas'. Si supieran que es lo peor que nos pueden decir. Inmediatamente, esa prenda volverá al perchero, ¿para qué quiero algo que lo tiene todo el mundo?
Algo muy diferente sucede cuando salimos de compras con una prenda en mente. Si, por ejemplo, estamos buscando vestidos de invierno y sólo eso, ahí sí, la ayuda de las chicasqueatienden (¿hay otra manera de llamarlas?) es importante porque nos ahorra tiempo.
Nunca les pregunto ni preguntaré cómo me queda algo porque lo más probable es que mientan y me digan 'pintado, te queda pin-ta-do' sólo porque quieren cobrar su comisión. Obviamente yo me daré cuenta que mi trasero en esa falda parece un globo aerostático, pero ellas me endulzarán los oídos diciéndome que muchas matarían por tener unas pompis tan potentes. Men-ti-ra.
Distinto es que vayamos a una tienda a comprar gafas de sol o lectura. Las personas que atienden saben bien qué es lo que mejor nos quedará según la forma del rostro, el estilo personal y hasta el color de pelo. Me pasó con mis lentes de lectura Infinit y con mis gafas de sol Carla Di Sí. En ambos casos, el asesoramiento fue crucial.
Algo parecido sucede con los perfumes. Si queremos cambiar el de toda la vida por uno nuevo, es necesario que nos ayuden. Al decirle a la chicaqueatiende cuáles son las notas que nos gustan (cítricas, dulces, amaderadas), ella nos guiará. De otra manera, saldríamos mareadas de la perfumería.
Sí, estoy mirando. Es mejor que no te acerques.
¿Recuerdan la escena de Mujer Bonita en la que Julia Roberts le echa en cara a la chicaqueatiende que no la había querido ayudar cuando estaba vestida de prostituta?
Big mistake, bitch.
lunes, 22 de julio de 2013
La prematura muerte de las tendencias
"Siempre me he presentado como una enemiga de la moda. Los fugitivos caprichos de temporada son un elemento superficial, inestable, que choca con mis sentido de la belleza", sentenció en 1937 la diseñadora Madeleine Vionnet, conocida por sus vestidos de noche ligeros y simples, siempre haciendo uso del corte al bies.
Según el escritor François Baudot, sus diseños atemporales la convierten en la diseñadora de moda más respetada. Pero no me quiero detener en esto, sino en la inevitable fugacidad de las tendencias. Gracias a ellas, el mercado de la moda es uno de los más redituables, y es precisamente su corta vida la que logra este fenómeno.
Un interesante artículo del diario español El País analiza el nacimiento y la prematura muerte de las tendencias. Allí se explica que una tendencia nace cuando un trendsetter la usa, luego por el fenómeno de imitación social - como bien especifica Frédéric Godart en su libro Sociología de la Moda - esa tendencia baja al público, y una vez que llega a todos, paradójicamente, muere.
"Las tendencias que tienen mucho éxito, mueren rápido. Los que quieran estar a la última, huirán de ellas porque si ya lo tiene todo el mundo, no es moderno", resume un diseñador español en el artículo. Esto, que parece bastante obvio, no lo es para todo el mundo. Si no pregúntenle a las chicas que aún usan sus remeras con cruces y calaveras.
Con esto no quiero decir que estoy en contra de las tendencias. Si bien no me compré nada en color neón - simplemente porque no me parece lindo - ni caí en la trampa de la repetida estampa de cruces, la verdad es que me he comprado alguna que otra prenda 'de tendencia' que ahora ya no uso. Un sweater con un tigre, por ejemplo. Me gustan mucho los grandes felinos, me parecen animales muy estéticos, y por eso sucumbí ante la tentación.
Pero luego de ver que todas, absolutamente todas tenían prendas con una estampa felina, lo dejé de usar inmediatamente. No fue algo pensado, salió naturalmente y con esto no quiero dar a entender que soy una visionaria. Nada de eso.
Tiene más que ver con estar convencida de que la diferenciación lograda a través de la ropa es uno de los elementos por los cuales amo este mundo. Cada prenda esconde una oportunidad de ser distinta si es usada como nosotros queramos y no como dictan las tendencias.
No quiero verme igual a la de al lado, me aburre, siento que es esconderse, uniformarse. ¿O me van a decir que no están cansadas de ver al ejército de chicas que visten calzas/minifaldas, plataformas ortopédicas y pelo larguísimo (usualmente con las puntas desgastadas)?
Un pañuelo en la cabeza. Un maquillaje sofisticado un día de semana. Gafas de sol divertidas. Un blazer antiguo con incrustaciones. Mi chaqueta de cuero con flecos. Un sombrero. Una blusa con grandes hombreras y perlas. Unos aros vintage, únicos.
Pequeñas decisiones que me identifican y a la vez, me separan del resto. No quiero ser única, quiero ser yo.
'Esa perra me robó el look'
La tendencia del tigre probablemente nació de la mano de Kenzo
viernes, 19 de julio de 2013
Yo, mi otro yo y las demás
"Hay diferentes maneras de ser vos misma, ¿no?", reflexiona Betty Halbreich en un artículo del diario inglés The Telegraph. Tiene 85 años, es personal shopper (comenzó cuando nadie sabía que eran necesarias) y en su larga vida fue estilista de Meryl Streep, Sarah Jessica Parker, Joan Rivers y Esteé Lauder, entre muchas más.
Mastico esas palabras, me dan vuelta por unos minutos, y sí, estoy de acuerdo. ¿Podemos hablar de un único estilo personal? ¿O sería más apropiado hablar de los diferentes estilos que conviven y dan nacimiento a otro nuevo: más versátil, camaleónico, transformable?
Como si fuésemos cubos mágicos en el que cada uno de los seis lados es una faceta diferente de nosotros mismos, los distintos estilos que coexisten nos permiten jugar hasta encontrar la combinación perfecta. Si cambian los cuadraditos de colores - así sean pocos -, todo cambia.
Pienso en mi/s estilo/s y a grandes rasgos, reconozco tres: uno rockero-glam (mucho cuero, algunas tachas, flecos), otro más elegante y femenino (blazers, trench, camisas blancas, botas con taco, boca roja, mucho negro, accesorios dorados) y uno urbano (ropa cómoda, jeans, borcegos). Tres Lucías en un sólo cuerpo: un estilo que combina con cada ocasión, con cada estado anímico, con cada tarea laboral de esa jornada.
"Muy poca gente encuentra su propio estilo, y si lo han hecho, ya están cansados de él", agrega Betty. ¿Alguien se arriesgaría a firmar un contrato de exclusividad con un solo estilo? El actual no es el mismo de nuestra adolescencia, ni lo será comparado al que tendremos a los 50. Cambia el cuerpo, las actividades diarias, y con ellos, la ropa que nos acompaña.
No sé cómo me veré a los 50, lo que sí espero (y deseo) es que aún conserve las ganas de jugar a ser otras Lucías.
martes, 16 de julio de 2013
Superpoderosa
'Hoy nada va a poder conmigo', leo en una viñeta de la ilustradora Agustina Guerrero. Ella, además de ser muy talentosa y de saber comunicar la neurosis femenina como nadie, es mi prima. Desde el comienzo sigo sus pasos con La Volátil, su alter ego, y la extraño a la distancia, porque hace ya una década se mudó a España. Es también la autora del dibujo de Quintaesencia, ella también me sigue desde el principio.
La viñeta me inspiró rápidamente. Me puse a pensar en esas prendas o accesorios que logran hacernos sentir superpoderosas, lindas, invencibles. Son las que más usamos, y probablemente, las más gastadas. Las elegimos cuando sabemos que el día nos regala oportunidades que no hay que dejar pasar: una reunión de trabajo, una salida con un pibe que promete, o simplemente para nosotras mismas, por el afán de hacer de esa jornada algo especial.
En mi caso, son varias las prendas o detalles que me hacen sentir fuerte, como si pudiera vencer cualquier obstáculo. Un blazer negro con hombreras grandes. Un labial rojo, rimmel y un poco de rubor. Unas botas texanas compradas en San Telmo. Unos aros blancos y negros. Un pañuelo multicolor que uso en la cabeza. Mis nuevas gafas de sol de Carla Di Sí. Mi reloj Casio que llevo a todos lados. La chaqueta de cuero con flecos.
Siempre destaco que para que las compras sean exitosas - ahora que todas las tiendas nos bombardean con liquidaciones invernales - hay tres cosas importantes a tener en cuenta: 1- que la prenda se pueda usar la próxima temporada, 2- que se adapte a nuestro estilo de vida, 3- que nos haga sentir más lindas.
Personalmente, creo que el último punto es el más importante. Tal vez la prenda que mejor te hace sentir sea una remera blanca de algodón porque destaca tu cuello o tus lolas. Nada tiene que ver la sencillez de la prenda, siempre y cuando logren esa sensación de omnipotencia.
Es innegable que la ropa que usamos modifica nuestro estado de ánimo. Cuando nos vemos lindas, nos sentimos mejor. Es una regla matemática: no falla. Si no me creen, hagan la prueba: pónganse lo mejor de su placard y salgan a caminar. Seguramente lo hagan con más actitud, con la pisada más fuerte, con la cabeza en alto.
La sonrisa se escapa fácilmente cuando nos sentimos bellas, y eso es un arma de seducción masiva.
sábado, 13 de julio de 2013
Segundo estreno
Tengo prendas en mi placard que aún conservan las etiquetas. Soy una consumidora ávida de ropa, lo reconozco, no me genera vergüenza ni mucho menos. Quizá sí un poco de culpa, más que nada por el dinero que no ahorro. ¿La culpa vendrá de mi lado judío no asumido o de la certeza que no tener un auto propio es porque no dejo de gastar en ropa?
No sólo disfruto de comprar ropa nueva, sino que hace unos años descubrí las ferias y también allí encuentro prendas fabulosas a las que no les puedo decir que no. Comprar ropa y accesorios - sean con etiqueta o con un leve aroma a naftalina - es mi hobby, al igual que oler las hojas de libros y revistas. Y escuchar jazz. Y jugar con mi sobrina Margarita.
Cuando me compro estas prendas pienso en escenarios y contextos ideales para usarlas. Me digo, por ejemplo: 'Este vestido negro que me saca tres kilos sería ideal para ir al Teatro Colón con mi novio', 'Esta blusa vintage bordada en perlas es la prenda para deslumbrar a mi jefe en una cena de negocios'.
Escenarios que nunca suceden: es tan improbable que mi novio acepte ir a ver ballet al Teatro Colón como que la empresa en la que trabajo gaste dinero en una cena sofisticada. Pero igual, por las dudas que el destino me sorprenda, las compro. No vaya a ser cosa que en un rapto de romanticismo mi chico decida ir a ver El Cascanueces y yo no tenga nada que ponerme.
Ahora que lo escribo y me leo, me doy cuenta que probablemente sea porque el contexto no me lo permite que dejo relegadas en el placard a estas prendas que en mi cabeza eran infaltables. Es como si tuviese miedo de quedar desubicada. Lo pienso y me da bronca, me tengo que poner lo que quiera cuando quiera y como quiera.
Hace unos meses mi madre me mostró algo que yo ni sabía que tenía: un tapado de piel. Me sorprendió porque ella no es coqueta. Ese fue su regalo de 15 de parte de mis abuelos. 'Usalo con cuidado, por favor. Es un recuerdo muy importante para mí', me suplicó. Si bien no me convence que sea de piel, la realidad es que ya no se puede hacer nada al respecto. Digo, el tapado existe, el daño ya está hecho. Sin embargo, la culpa aparece, otra vez.
Me lo traje de Chacabuco pensando lo divina que me iba a ver en él... y tardé cuatro meses en usarlo. Fue ayer a la noche, que fui al teatro. Aclaro que era un teatro de mala muerte, la sala era diminuta y estábamos sentados en unos cubos incomodísimos. Pero quería usarlo. Ya no me importó evaluar si la situación lo ameritaba o no. Las ganas de sentirlo pesaron más.
Y así fue que el tapado de piel de mi madre volvió a la vida.
Y así fue que el tapado de piel de mi madre volvió a la vida.
miércoles, 10 de julio de 2013
Dos veces no me engañan
Me atrevo a afirmar que todas tenemos prendas que nos hacen sentir incómodas. Zapatos con tacos tan altos que nos hacen caminar como una vedette principiante, jeans tan ajustados que corremos el riesgo de que nos vendan en una pollería como matambre, vestidos que no osaríamos usar sin fajas asfixiantes debajo.
En mi caso, si bien trato de usar ropa que me resulte cómoda, sigo usando algunas que me hacen putear a las dos horas de habérmelas puesto. Por ejemplo, una calza color mostaza con apliques de cuero. Es divina, sí, pero el elástico de la cintura me queda tan apretado que cuando me la saco, la marca roja tarda varios minutos en borrarse.
Ni hablar de los hermosos zapatos estilo retro que me compré en Blaqué y que sólo usé una vez. Las suelas están nuevitas, como las de las zapatillas de los bebés de un año. Esa vez, salí de casa sintiéndome Giselle Bundchen y volví con la sensación de que Lía Crucet se había apoderado de mi cuerpo. Por suerte no me salieron caros, al menos eso. Ojo, no es la culpa de los zapatos, sino mía por pensar que mágicamente los podría lucir sin sufrir.
¿Por qué hacemos esto? No tengo la respuesta, pero me tiro a la pileta y digo que quizá es porque creemos que si estamos ajustadas o más altas, seremos más lindas. Ya hablé en un post anterior sobre la comodidad, y hoy retomo el tema. Es, para mí, la función que cualquier prenda debe cumplir para que quiera usarla. ¿Serán los años?
Cuando era adolescente no me importaba enfrentar las gélidas noches de Chacabuco (ciudad rodeada de vastos campos, para las que no saben, el frío te penetra los huesos) con minifaldas, sin medias y tacos vertiginosos. Era chica, y lo único que me importaba era parecer más flaca, más alta, sin tener en cuenta las consecuencias - resfríos, dolor agudo en las plantas de los pies -. Ahora veo a chicas que hacen lo mismo y las tildo de locas.
Si algo bueno tiene el paso del tiempo, es que priorizamos las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo, abrigarnos cuando salimos en invierno. Suena lógico y básico, pero no lo es. Si no me creen, la próxima vez que salgan a bolichear miren a su alrededor y cuenten cuántas chicas están realmente abrigadas. Los dedos de una mano les sobrarán.
Sigo con la idea de verme lo más linda posible, pero si para lograrlo debo aguantarme tener una dureza más en mis pies o sentir que no puedo moverme en un jean, no gracias, paso. Elijo verme lo mejor posible sin tener que sufrir. Nunca creí en eso de que la moda incomoda.
Bueno, quizá de chica, pero no me engañan otra vez.
Menos mal que no viví para sufrir el corset
domingo, 7 de julio de 2013
Primer amor
Hay accesorios y prendas que deben ser bien elegidas. Su elección y posterior compra son actos que deberían estar pensados, idealmente teniendo en cuenta las miles de funciones que cumplirán. A menos que seas millonaria y tengas la posibilidad de despilfarrar, entenderás lo que digo. Estoy hablando de los lentes de lectura (igualmente importante las gafas de sol), de la cartera perfecta, del zapato diario y, principalmente, del reloj pulsera.
Nunca fui una fanática de ellos, pero a medida que una crece y con este cambio llegan más responsabilidades laborales, el reloj se transforma en algo necesario. Si bien soy preguntona, no me da ir por la calle interrumpiendo a las personas para que me informen si estoy llegando tarde o no. Y no me hablen de mirar la hora en el celular, no.
Al ser un accesorio todoterreno, no es recomendable elegir los relojes de tendencia. El año pasado hubo una superpoblación de los relojes Swatch. Los vendedores ambulantes de Once vendían sus copias con el mismo éxito que lo hacían las joyerías oficiales. Venían en varios colores, pero el que más eligieron las argentinas fue el dorado.
Como todo lo que se duplica en poco tiempo, estos relojes cansaron. Destaco su estilo masculino, una característica que realza la feminidad, aunque se lea como una contradicción. Tengo un reloj masculino, pero es bien de hombre, no una versión adaptada. Cuando lo usaba me hacía sentir poderosa. Pero no le fui fiel, algo no funcionaba entre nosotros.
Los verdaderos amores nos encuentran, y eso me sucedió con mi actual reloj. Era un fin de semana de invierno en Chacabuco (ciudad en la que nací y crecí) y acompañé a mi padre a una joyería. En la vitrina, escondido, lo vi. Estaba solo, era el único de su especie. Era un Casio dorado, pequeño, delicado y con un marcado estilo retro. Me encontró y no hubo vuelta atrás: sólo me lo saco para bañarme.
Está gastado, el dorado poco a poco se esfuma. En algún momento tendré que hacer el duelo. Como todo primer amor, sé que los que vengan serán comparados con él.
jueves, 4 de julio de 2013
Charlas con Karl Lagerfeld
Creo fuertemente en los mentores, esas personas que ya han recorrido un largo camino y que nos guían hacia el lugar donde queremos llegar. La sabiduría que otorga la experiencia es invaluable y que exista la posibilidad de que lo quieran compartir con nosotros, es emocionante.
En mi caso, esa persona - mi mentor - es Javier Arroyuelo, escritor argentino que trabaja en distintos medios internacionales, entre ellos, Vogue Italia, Vogue Paris, Vanity Fair. Es, en mi humilde opinión, quien más sabe de moda en este país. Sus clases son un viaje histórico, artístico y estético y su exigencia profesional logra que el esfuerzo por ser cada vez mejor sea una obligación moral.
Javier conoció a todo el mundo, literalmente. Andy Warhol, Paloma Picasso, Yves Saint Laurent y el mismísimo Karl Lagerfeld han compartido con él cenas, salidas y charlas. A veces, en el medio de la clase, se transporta y nos cuenta alguna conversación memorable que tuvo con estas personalidades. Al pasar, sin ningún otro propósito que compartir ideas interesantes, Javier nos invita a formar parte de ese mundo inalcanzable.
"Los clásicos, para seguir siéndolo, deben ser actualizados en permanencia", le dijo alguna vez Karl Lagerfeld en una charla. Lo anoto rápido en mi cuaderno, no quiero olvidarme de nada de lo que Javier comparte. Y él, a modo de reflexión, agrega: "Lo verdaderamente moderno deviene clásico". Una reflexión que me podría haber llevado largos meses (¿años?), Javier lo resume en cinco palabras. La ventaja de la experiencia, me digo.
Instantáneamente me pongo a pensar en el vestidito negro (LBD), en la chaqueta y falda que Chanel popularizó, en los jeans. Todas prendas clásicas, inmortales, que siguen vigentes gracias a las nuevas versiones que los diseñadores presentan.
Basta con mirar la colección Haute Couture de Chanel para comprobar que lo que Lagerfeld afirma, es cierto. Allí se vio el clásico tailleur reversionado, un conjunto moderno que cualquier mujer actual podría usar. Dior, con la dirección de Raf Simons, también presentó una nueva versión del New Look. Las grandes marcas saben cuáles son sus caballitos de batalla.
Soy una fanática de los clásicos. Las tendencias nacen y mueren, no existe otra salida. Algunas antes, otras languidecen más lentamente. Pero eventualmente, desaparecen. Los clásicos, en cambio, son como esos amigos que no ves por mucho tiempo, pero que cuando lo hacés, siguen haciéndote sentir como en casa.
Lagerfeld reversiona el clásico tailleur de Chanel
lunes, 1 de julio de 2013
Despedida trunca
Desde el principio, este blog pretende ser un lugar de reflexión. Un espacio propio para que ustedes lean lo que pienso y a partir de eso, puedan concordar o no, puedan apropiarse del texto y hacer con él lo que les plazca. Lo importante, desde siempre, es que los posts tengan un propósito. Para todo lo demás están los otros blogs.
Explico esto para que entiendan el por qué de los baches en la escritura. No siempre tengo algo interesante que decir, por eso prefiero el silencio, que en este caso sería la hoja en blanco. Ya conocen el dicho, 'es mejor quedarse callado y que piensen que sos un tonto, a abrir la boca y que se confirme'.
En eso pensaba hoy mientras estaba en la redacción del diario en el que escribo sobre moda. Estaba sentada en mi silla cuando me di cuenta que mi jean preferido, ese que a pesar de los años y de los pocos billetes que invertí en él, se está rompiendo. Suavemente, de a poco, como si no quisiera que me dé cuenta, el jean que me salva tanto para ir a trabajar como para salir, se está despidiendo.
Con toda seguridad puedo decir que el jean (el que queda impecable, todas tenemos uno) es la prenda más difícil de encontrar. Esto no sucede con ningún otro ítem del guardarropa, pero el jean, para que sea perfecto, debe cumplir varios requisitos: tiene que quedar bien de cola (lo más complicado, al menos en mi caso), las piernas deben verse estilizadas, la cintura no debe bailar y el color tiene que enamorarnos. Mi jean, el agónico, los cumple todos.
Frente a la inminente muerte de mi jean de cabecera, tengo que salir en busca de uno nuevo. Tengo varios pantalones en mi placard, demasiados quizás, pero siempre recurro a él cuando la duda ataca. Es como el vestidito negro, como la chaqueta de cuero, como el blazer en media estación: salvador, comodín, todoterreno.
Me adelanto a la experiencia de compra y sufro. Sé que las piernas se verán bien en algún jean que me pruebe, pero la cintura me quedará grande. Sé que el jean del color perfecto me achatará el enorme trasero que la herencia materna me dio. Ningún jean me quedará como el moribundo.
Y a pesar de todo, también sé que vendrá otro que lo reemplazará. Eventualmente, encontraré el jean que mejore mis atributos. Mientras tanto, le preguntaré a mi madre costurera si puede enmendar la rotura. Debo reconocer que las despedidas nunca me gustaron.
Marilyn hace pesas vistiendo jeans
lunes, 24 de junio de 2013
Sobre la elegancia
"La elegancia es eliminación", reflexionó en algún momento de su vida el diseñador español Cristóbal Balenciaga. Pocas veces me pasa que concuerdo con un pensamiento ajeno, siempre le encuentro puntos débiles a las conclusiones que no son mías, pero este no fue el caso con Balenciaga.
La elegancia es eliminación, sí. Eliminación de lo que sobra, de lo que es demasiado, de lo que no será extrañado si no está. Aquello que está de más siempre estorba, molesta. En estos tiempos en los que llamar la atención parece ser la premisa, no es extraño que la elegancia sea difícil de encontrar.
Buscando en la base de datos más extensa que existe, la web, encontré que la palabra elegancia proviene del latín 'legere', que significa reunir. Al agregarle el prefijo, la palabra se transforma en 'elegere', cuyo sentido es saber elegir. Asi que la persona elegante es aquella que sabe elegir. Nada menos.
Ser elegante no se limita a estar bien vestido, sino que su significado encierra un conjunto de características: la elegancia se demuestra en el modo de hablar, de expresarse, de moverse, de comportarse. Claro que si uno quisiera actuar esta cualidad, el resultado no será el esperado.
Hay algo de verdad en eso de que la elegancia es innata, creo que era Diana Vreeland quien decía algo al respecto. Otra vez me encuentro asintiendo frente a una frase ajena. Bueno, al menos concuerdo con Vreeland y no con un cuatro de copas. Me voy de tema, perdón, vuelvo.
A lo largo de la historia del cine, varias mujeres encarnaron a la perfección el término elegancia. Las clásicas: Audrey Hepburn, Marlene Dietrich, Grace Kelly. Y las de ahora, desde mi punto de vista: Cate Blanchett, Natalie Portman, Emma Stone. Lamentablemente, no se me vienen nombres nacionales a la mente. Quizá Karina Rabolini, Dolores Fonzi o Teresa Calandra. Pero no estoy del todo convencida.
Ellas, las mujeres elegantes, son mujeres que demuestran un 'saber estar' no forzado, saben elegir, entienden el poder que tiene la síntesis. La elegancia no tiene que ver con la belleza, para nada. Es algo que está relacionado con un modo de vivir, de ser, pero nunca un rostro anatómicamente perfecto significará que esa mujer es elegante.
Está claro que las recetas no existen, pero si así fuera, sería algo parecido a lo siguiente: no a los accesorios innecesarios, no a los peinados exagerados, no al maquillaje pesado y un gran no a ponerse todas las tendencias juntas.
Volvamos a los clásicos: el vestido negro, las perlas, el labial rojo. Como dice mi viejo: "Nunca una mujer estará mejor vestida que con una camisa blanca y un buen jean". Y sí, una vez más, estoy de acuerdo con una frase ajena.
Foto de Lillian Bassman
martes, 18 de junio de 2013
El amor inspira a Karl Lagerfeld
Chanel sabe hacer bolsos icónicos. Lo logró con el 2.55, popularizado por la misma Gabrielle 'Coco' Chanel. Ahora, la casa francesa lanzó el nuevo bolso Boy, inspirado en Arthur Boy Capel, el jugador de polo que supo ser el amor más grande de Mademoiselle Chanel.
El bolso Boy fue diseñado por Karl Lagerfeld, y es indudable que la historia de amor que existe detrás del diseño de este nuevo producto aumenta el deseo de tenerlo. ¿A qué chica no le gusta el romance? Me atrevo a decir que a todas.
La historia de amor entre Capel y Chanel era atípica para la época: él la respetaba y la dejaba ser libre. Amaba que ella fuera distinta a todas, que se vistiera diferente, que quisiera ser alguien en la vida por sus propios medios. Eso fue lo que lo enamoró.
Además, fue él quien financió el primer proyecto de Chanel, él le prestó el dinero para que comenzara a diseñar. Una vez que juntó toda la plata, Gabrielle le devolvió hasta el último centavo. No quería que nadie le regalara nada.
Lamentablemente, la historia de amor no tuvo un final de cuentos, y precisamente por eso el romanticismo aumenta. Sorpresivamente, Boy Capel murió en un accidente de autos. Coco sabía que nunca más amaría de esa manera. Personalmente, creo que las historias de amor que por algún motivo no funcionan, son las más recordadas. El rasgo de fatalidad es lo que encandila. Por algo el de Romeo y Julieta es uno de los amores más emblemáticos.
Probablemente, nunca tenga un bolso Chanel. Si tuviese el dinero para poder comprarme uno, lo invertiría en viajar. Pero saber que fue una historia de amor la que inspiró este bolso, me obligó a que hoy escribiera sobre él.
Arthur Boy Capel y Gabrielle Chanel
El bolso Boy, inspirado por el gran amor de Gabrielle.
viernes, 14 de junio de 2013
Pueden llamarme romántica
Leo en el sitio de la BBC que en varias tiendas de Estados Unidos y distintos países de Europa ya se ven probadores virtuales. Los llaman los 'probadores del futuro' y prometen que gracias a ellos, encontraremos la 'ropa ideal'.
Se trata de artefactos que escanean las medidas de nuestros cuerpos. Este 'alter-ego' virtual se sube a la web y estará siempre disponible para cuando lo necesitemos. Como cuando queremos comprar ropa por internet o, como dice el artículo, cuando queremos evitar probarnos las miles de prendas disponibles en una tienda.
Como en muchas otros casos, pienso que el avance de la tecnología a veces no ofrece mejores versiones de lo ya conocido. Me pasa con los e-books: desde que se lanzaron al mercado que sostengo que nunca funcionarán. ¿Qué lector de raza cambiaría un libro de papel -su olor, las ilustraciones, la textura del papel, sus tapas duras- por una artefacto delgado y con pantalla digital? No sé, quizá sea una romántica, o quizá simplemente me gusten las cosas hechas a la antigua.
A mi parecer, este 'probador del futuro' correrá la misma suerte que el e-book. Si bien debo reconocer que es útil para aquellas personas que gustan de comprar online (yo no soy una de ellas), la verdad es que si te gusta comprar ropa, te gusta probártela también.
No basta con saber cuál es tu talle o el color que mejor te sienta. El acto de salir de compras es un todo que se debe disfrutar como en los viejos tiempos: sabiendo tu presupuesto, con horas libres, un día fresco, cabeza fría y con ganas de probarse las prendas que en nuestra cabeza se ven maravillosas. Al menos es lo que intento hacer.
Cuando entro a un probador, me desvisto rápido, ansiosa por verme en las prendas que elegí. Una vez que tengo puesta mi potencial nueva ropa, me miro de todos lados, pienso en qué situación lo/la usaría, analizo su funcionalidad. Pero ninguna de estas cosas le gana a la sensación que me produce esa prenda. Si me hace sentir maravillosa o especial por algún motivo, no hay dudas: tiene que ser mía. Si el bolsillo me lo permite, claro está.
Pueden llamarme romántica, anticuada o analfabeta tecnológica, pero nunca cambiaré un libro por una pantalla y mucho menos me perderé de la maravillosa experiencia de probarme ropa. ¿Probador virtual? No, gracias.
miércoles, 12 de junio de 2013
Entrevista a Sylvie Geronimi, una artesana del zapato
El martes de la semana pasada, la boutique de Sylvie Geronimi (Guido 1555) cumplió cinco años y allí estuve para ver de cerca las creaciones de esta diseñadora que habla con un acento adorablemente extraño. Las chicas de la tienda fueron muy amables y atentas, y a pesar de su insistencia, fue imposible comer las cupcakes con forma de zapatito. Eran demasiado lindas para que desaparezcan en mi boca.
No exagero si digo que los diseños de Sylvie son de los más bellos que he visto. Además de no parecerse a nada de lo que muestran las vidrieras nacionales, se nota que a Sylvie le importa la calidad de los materiales y la comodidad. Hace apenas 12 pares de cada modelo, y también diseña a pedido. "Esta es mi primera boutique, antes trabajaba en mi taller o hacía los zapatos a medida. Me siento muy feliz por los cinco años de la boutique porque poco a poco me fui asentando", me dice Sylvie al grabador. Agrega que el festejo es doble, ya que en junio su hijita cumple su primer año.
Sus zapatos aparecen en las publicaciones más prestigiosas: Harper's Bazaar, 90+10 y Susana. "Siempre intento que el zapato sea cómodo. Obviamente que a veces hay zapatos con un tacazo que no son tan cómodos. Pero cuando aconsejo a mujeres que van a fiestas les digo que hay zapatos que van a poder soportar toda la noche o parte de la noche", explica Sylvie y deja ver que su asesoramiento es bien personalizado.
"Yo estudié una carrera de Alta Costura. Mi padre era diplomático, trabajó mucho con la Alta Costura francesa. Cuando quise comenzar a estudiar, yo no sabía si quería estudiar diseño relacionado con sombreros, zapatos o carteras. Pero mi padre empezó a averiguar con gente del mundo de la Alta Costura y ellos le dijeron que lo mejor era que estudiara Alta Costura tradicional y que después decidiera qué seguir. Enseguida que terminé la carrera, me enganché con los zapatos", recuerda.
¿Qué mágica atracción tendrán los zapatos? "Los zapatos son objetos especiales. A mí me gustan mucho porque los relaciono con el teatro. Creo que son muy importante porque tienen que ver con cuando el hombre se alza y camina. En la antigüedad, el zapato diferenciaba al pobre del rico, al amo del esclavo. Luego cuando empezás a estudiar descubrís historias como la de los egipcios, que tenían el dibujo del enemigo en la suela del zapato de madera para aplastarlo al caminar. Hay muchas historias ligadas al zapato", explica Sylvie.
"Le recomendaría a las mujeres que cuando tienen una situación muy importante en sus vidas, no dejen al zapato para el último momento. El error es tomar al zapato como accesorio. Para encontrar el zapato ideal hay que decidir con tiempo. Otro consejo importante es que se asesore bien con respecto a la altura del taco y cuánto tiempo quiere estar parada. El zapato con un cambre medio y hecho de buen cuero es más cómodo que uno hecho con un cuero duro, mal hecho", dice Sylvie y en eso se acerca la diseñadora de Alta Costura Silvie Burstin, que agrega: "El zapato es tan importante como la elección de vestido. No es como antes que el zapato era sólo el accesorio, hoy es tan importante como lo que te pongas".
Me probé el modelo Slave China, muy femeninos y cómodos.
Este fue mi modelo preferido. No pude sacarle los ojos de encima.
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